Los ribereños achacan a la contaminación, a la sobreexplotación y al cambio climático la caída de la captura del llamado «oro blanco» del Nalón, cuya temporada se inicia en noviembre.
Ignacio PULIDO
La Arena / Soto del Barco,
Las últimas costeras de angula nada tienen que ver con las de hace décadas. La cifra de capturas cada vez es menor y los profesionales consideran que las causas se hallan en la contaminación de las aguas, en el exceso de pesca y en el cambio climático. Al menos, las exportaciones y la escasez han elevado el precio del producto, que ya llegó a superar los 500 euros por kilo.
El concejo de Soto del Barco y, muy en concreto, San Juan de la Arena son considerados la capital angulera del norte de España. Durante décadas, la pesca de esta preciada especie supuso un complemento para las economías de la zona. En casi todos los hogares alguien se dedicaba a esta labor. Actualmente la situación ha cambiado y se ha profesionalizado. Los chalanos -pequeñas embarcaciones- han sido sustituidos en gran parte por potentes motoras que recorren el río con grandes cedazos para filtrar las aguas, consiguiendo de este modo más capturas.
La pesca de la angula requiere de experiencia. Se realiza de noche y la temporada angulera suele ir desde octubre hasta marzo. Se realiza cuando la marea empieza a subir y la angula es arrastrada río arriba por las aguas. Armados con cedazos -conocidos popularmente como piñeras- y una lámpara, los pescadores con mucha paciencia van filtrando el agua -«piñerando»- para sacar el preciado «oro blanco» del Nalón. La tarea es dura, se pesca sin importar las inclemencias meteorológicas, en frías noches invernales. La angula se puede capturar desde la orilla -por tierra- y mediante embarcaciones fondeadas en el agua o en marcha haciendo el arrastre.
Manuel Pulido fue pescador de angula durante muchos años a mediados del siglo pasado. «Alrededor de los años cuarenta la mayoría de los jóvenes sotobarquenses íbamos a la angula. Recuerdo noches en que había personas que llegaban a capturar hasta noventa kilos. En aquellos tiempos abundaba y creíamos que nunca se iba a acabar», comenta. El pescador no exagera. Allá por el siglo XIX la abundancia de los alevines de anguila era tal que los marineros preferían salir a la mar antes que quedarse en la ría. Las ingentes cantidades de angula no tenían valor comercial y servían como comida para gallinas o como abono.
Hace tres décadas, Asia comenzó a importar gran cantidad de angulas procedentes de la cornisa cantábrica. El País Vasco y los franceses se perfilaron como los principales puntos de exportación. Precisamente, la mayor parte de la angula capturada en Asturias es trasladada viva a esos dos lugares para después ser exportada a Japón y a China. Allí se cría en arrozales y viveros hasta que alcance la edad adulta, cuando se vende para ser consumida. Quizás el caso del país nipón sea el más destacado, puesto que el consumo masivo de este pez llegó a acabar casi por completo en los años setenta con la especie conocida como anguila japónica. El «unagi» o anguila al espetón es uno de los platos nipones más apreciados, de ahí que lleguen a pagar por la angula elevados precios en numerosos puntos de la geografía mundial. Otros países como Dinamarca y Alemania también consumen anguila, pero en menor medida.
Ésta es una de las razones por las que el valor de este manjar se disparó en la última década. La otra causa es evidente: la escasez. A menor volumen de capturas mayor precio. Las exportaciones al continente asiático contribuyen a elevar su valor y a conseguir que sea más rentable su captura. Un consuelo: hay poca angula, pero al menos se cotiza.
La empresa Angulas Marifé nació a mediados de los años cuarenta del siglo pasado. Esta entidad sotobarquense se dedica a la compra de angula para después exportarla o venderla cocida para el consumo en restaurantes. A día de hoy, el 90% de la angula que recibe es destinada a la exportación. A principios de los años ochenta del siglo pasado Angulas Marifé poseía unos diez viveros de angula en el concejo. Actualmente, sólo tres. Olegario Muñiz pertenece a una tercera generación de anguleros y conoce el negocio desde niño. «Recuerdo ir a la escuela por la mañana y a las puertas de mi casa haber una gran cola de personas esperando para vender la angula pescada la noche anterior», comenta. «Había días en los que se capturaban dos mil kilos; este año sólo se pescaron mil kilogramos en toda la costera».